ENVIDIA
Dicen que Miguel de Cervantes Saavedra odiaba profundamente a Lope de Vega, ¿por qué razón? Uno en frente del otro vivían y compartían empedrado y cielo, también nación y semejante futuro. Los celos consumían a Cervantes cuando miraba al elegante caballero pasear. Las gentes se detenían y aplaudían y cada mañana esperaban el paseo del buen Lope mientras Miguel, desde la ventana quebrada, le miraba con envidia.
-¿Envidiaste, Mihail? -me preguntó.
-Le envidié hasta la saciedad -respondió el novelista-, y mi envidia me llevó también a la locura como a ti, Mihail.
-Mihai, Mihai, Mihai Eminescu, por favor.
Ante mí estaba y ya el polvo se filtraba en mis botas de campesino o en mis elegantes zapatos a la moda. Era Madrid una ciudad llena de tierra y humo y cuando había ejecución pública, los pasteles de carne eran más suculentos. Era la España de los grandes poetas y los peores reyes tísicos:
“Domingo, nueve días del mes de octubre, año del Señor de mill e quinientos e quarenta e siete años, fue baptizado Miguel, hijo de Rodrigo Cervantes e su mujer doña Leonor. Baptizóle el reverendo señor Bartolomé Serrano, cura de Nuestra Señora. Testigos, Baltasar Vázquez, Sacristán, e yo, que le bapticé e firme de mi nombre. Bachiller Serrano.
-Me llamaron converso y dijeron que mis dos hermanas se dedicaban a la prostitución, que fui esposado y encarcelado, que asesiné por culpa de mis Cervantas y que sólo en la cárcel mi pluma creó el personaje que me dio fama.
Me volví también loco como tú, como Quijote, porque sólo los locos tienen la capacidad de ver el futuro y el tiempo, y así desde la celda vi aquellos campos y caminos y aquellos locos que me encarcelaron por robar.
-¿Fue cierto? -le pregunté a Miguel.
-Dijeron también que con Antonio Sigura me batí en duelo.
-¿Fue cierto? -le pregunté.
-Está escrito, luego es cierto -sentenció-. Le envidaba y deseaba su muerte y sus mujeres y sus dineros y sus hijos y tierras y consumido por su figura vivía mientras este absurdo que llamamos muerte me perseguía para darme finalmente lo que la vida no quiso ofrecerme. Aún le envidio y por ello estoy condenado mientras, irónica, mi obra se hizo grande y aquéllos que decían entender y dirán comprender ni comprenden ni entienden la obra de un loco que quiso una mañana los campos de La Mancha conquistar y a los molinos vencer contra gigantes de barro y miel y mermelada. ¡Cómo me hubiese gustado introducir mi espada en aquel cuerpo viciado y cortar para siempre sus venas manchadas! ¿¡Cómo acaso puede ser que un hombre que repite una misma obra mil y una más tres veces tenga semejante aplauso?! ¿Cómo puede ser que el más villano, agarrado, insolente, vulgar y desatalentado de los miserables conociera los más sublimes gustos de aquellos hombres? Y a estos mismos que aplaudieron les puse nombre: Sancho Panza… y vertí en ellos mis más mezquinas iras y miserias y tras cada página mi estómago vacío rugía al no poder vomitar y al mirar a mi España más vulgar, a la España de Lope de Vega… ¡Hasta su nombre suena ya vacío y perdido!
(continuará mañana en este blog mi pequeña novela por entregas Los 7 Pecados de Eminescu).
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