Martín Cid & Mihai Eminescu

Martin Cid & Mihai Eminescu

 

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Isabel del Río y Martín Cid, autores de Ariza

Isabel del Río con Martín Cid, autores de Ariza

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Participar en la lectura de la novela Los 7 Pecados de Eminescu, de Martín Cid

Martín Cid es autor de las novelas Ariza (editorial Alcalá), Un Siglo de Cenizas (editorial Akrón), Los 7 Pecados de Eminescu (ebook) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción (editorial Akrón)
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Preguntas de un Cervantes, por Martín Cid

Martín Cid

Y mientras su pluma con destreza manejada se convertía el Quijote en adulto y Cervantes en sabio, un aplauso a lo lejos, una alegría cercana.

            -¿Quién dijo -preguntaba Cervantes- qué el nacimiento de un personaje era sólo una metáfora?

            Reía a carcajadas mientras la vela, siempre cercana, apenas se consumía.

            -Una sola vela me servirá para mi empresa, una sola vela antes de ser consumida. ¿Y quién quiere sus órganos si puede obtener la posteridad?

            Del orificio no cerrado extrajo su hígado y vísceras, aún calientes, aún danzantes. Crecieron éstas hasta tomar la forma de Sancho, hasta tomar la forma de Dulcinea.

            -¿Está loco? -investigaba Friedrich con una pregunta que no era pregunta.

            -¡Lárgate de mi vista por ahora! -dijo Cervantes a Dulcinea-. ¿Quién te dio nombre en esta historia? Calla tú, buen Sancho, calla para no herir por un tiempo mis oídos dulces y deja hablar al narrador estúpido.

            Y finalmente complacido se arrancó la lengua y sonrió, ahora callado, siempre callado. Y surgió de ésta a quien ahora los hombres conocen como Cide Hamete Benengeli.

            -¡Y tú hablaras por mí y tú me concederás la victoria!

            Ya Cervantes no movía los labios pero sus palabras se escuchaban aún más claras aún más distantes. Escribía sin parar.

            -Y es que el alba se acerca -predijo Friedrich-. Y con el alba desaparecen los sueños y se apagan las velas y despiertan las cigüeñas. ¿Has visto tu rostro en el espejo, Mihai? ¿Has visto tu rostro en nuestro ensueño?

            -¿Por qué perdí la razón?

            -Siete sueños te esperan, Mihai, siete sueños y seis respuestas más, siete pecados marcarán tus versos y tus siete colmillos callados. Yo, que antaño fui tu guía de juventud, que antaño fui tu vela y tu sueño, seré ahora también tu consejero y preceptor, esa tu luz cansada y esos tus versos perdidos que tu alma busca otra vez encontrar. En otro tiempo también tú fuiste un gran poeta, también yo encontré mis versos y mis tiempos, mis rimas y mis melancolías que me llevaron a la locura como a este don Quijote desmembrado.

            -Y os daré una misión de verdugos y os daré un tiempo -decía el ya Cervantes callado-: tú, mi Sancho, mantendrás la razón del que nació sin razón y le contarás historias y buscarás la comedia y gancho.

            -Y también un día él fue un hombre correcto que terminó en prisión por robar y mentir: un gran hombre metido a poeta. ¡Qué gran ladrón perdió el mundo! ¡Qué gran escritor ganaron las letras!

            -Y a ti, Dulcinea, te imploro la más difícil de las misiones para una mujer: permanecer callada.

            -Y también un día mis labios callaron y mi mente se tornó malsana y soñadora. Años pasé sin encontrar mis sueños, tiempos extraños sin callar mi mente trocada, sin pintar un verso ni cantar a la madrugada, sin escuchar la cigüeña, sin perforar mi costado ni pervertir mis sentidos con borlas mancilladas.

            -Y a ti, Cide Hamete: serás mis labios y mis sentidos y tomarás como tuyas mis palabras y serás mis ojos y mis labios y mis oídos, y también mi hígado inflamado de envidia y mentiras. Yo, Miguel de Cerbantes Saavedra, mentiroso al que los falsos sabios quisieron dar por nombre Cervantes, ¡qué mentira y burla! Cambiaron mi nombre y también mi texto. Entre los hombres fui el más vil y pendenciero, entre los hombres el más mezquino de los recaudadores de impuestos, pero también el más mentiroso, sucio y traidor de los escritores, el mejor de los hijos de España. Hazme tuyo, Cide Hamete, y convierte a tu autor en figura, a tu autor en estatua de sal, porque desde ahora te entrego mis ojos y mi sangre para que vivas, para que narres estas las pasiones de una mente enferma, de un corazón envidioso.

            -Se ha vuelto loco -concluí.

            -Ahora por fin escribe -sentenció mi guía.

**Este texto forma parte de la novela Los 7 Pecados de Eminescu que podéis leer aquí por entregas. Más información en http://martincid.com/7pecadoseminescu/index.html

**También por entregas mi novela Madrid, Madrid en la revista cultural Yareah: http://www.yareah.com/madrid/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=45&Itemid=97

El nacimiento del Quijote, por Martín Cid

El escritor Martín Cid

Los ojos de Cervantes se inyectaban en sangre y cólera fría, pobre loco y manco. Sus cabellos eran ralos, creyéndose don Quijote cuerdo.

            -Mi personaje tendrá un final triste, mis queridos amigos… porque sólo son tristes los grandes y sólo hay grandeza en el final. No está la grandeza en la rima ni en la métrica, lo sabe el mediocre de Lope, la grandeza está en el personaje por encima del autor y en el personaje convertido en autor. Ya no soy yo, amigo Eminescu, ya no existo y cada noche volveré acabado a mi muerte, a mi desolación y a mi propio asesinato. Me gustó cuando hinqué la espada en su pecho, cuando sentí cómo manaba la sangre de su costado. ¿Te gusta su olor? Es muy característico, y no existe en la tierra mejor aroma que el de la sangre fresca. En mi vida he sido soldado y he matado, he sido ladrón y he robado, he sido envidiado pero, sobre todo, he sido envidioso y, por ello, he escrito a mi Quijote loco. También yo me obsesioné con sus obras de teatro y con sus poemas, tratando en secreto de imitar sus rimas y sus saltos. Una noche, como a ti, también otro a mí se me apareció y siete sueños tuve, sueños de envidias y lujurias también, sueños de muerte y sueños de palabras. Inventaría el género… había viajado y conocía mejor que nadie en España las formas de lo cotidiano y de lo elevado. ¿Por qué no combinarlas como hiciera el gran florentino, por qué no buscar en Sancho la razón última de mi Quijote enfermo? Las rimas estaban bien para los palacios, también para las mezquinas corralas. “Un género” -me sugirió el fantasma maldito. Y pensé en esa selva oscura que también el florentino recorrió junto a otro amigo, invento sublime de la creación literaria. Descompuso las formas todas y en cuatro mundos descompuso el arte de escribir y describir, en cuatro formas mostraría la esencia de Dios y de los hombres para así encontrarlos por fin en una obra perfecta, una obra nueva, una obra sublime. Aprendí del poeta y escuché la música de su infierno y creé también a mi Beatrice y la llamé Dulcinea, porque en toda obra debe existir una mujer perfecta, y en toda sátira lo perfecto debe tornarse en imperfecto. La hice mediocre a los ojos del Sancho furioso, la hice perfecta a los ojos de un Quijote insano. Imaginé a la sociedad toda y a todos ellos insulté sin piedad, y a los trovadores convertí en reyes y a los escuderos en gobernadores, al teatro en papel y a sus autores en actores. Comprendí cómo el sendero del tiempo estaba hecho de palabras, y que sólo las más bajas y las más altas me darían por fin la victoria sobre mi enemigo. ¡Venceré! -dije al escapar por fin de mi sueño. Y así vencí al gran Lope, ahora convertido en titiritero de trescientas obras idénticas, de trescientas y una obras mediocres, de trescientas y dos vidas perdidas en aplausos vanos e inútiles.

            -Así en su mente enferma el enfermo nace -sentenciaba Holderlin.

            -¡Y Cide Hamete Benengeli contará mi triste historia para convertirse en otro falso profeta! Narrará primero un manuscrito inventado, narrará después la historia de un hombre falso, narrará la historia de un hombre verdadero escondido en la propia mentira de las palabras, en la verdad del mediocre del que se piensa poeta. ¡Ya llega, amigo Holderlin! ¡Ya llega, amigo Eminescu!

            Introdujo Cervantes la mano en su costado sin que ni una sola gota de sangre manase de su cansado cuerpo y extrajo un pequeño feto no más grande que un huevo, no más grande su tronco que una aceituna, no más grande sus piernas y brazos que las ancas de una joven rana… piel cubierta de escamas pero rostro bien formado, bien anciano, bien sabio, bien loco.

            -¡Buen Quijote nace!

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**Martín Cid es autor de las novelas Ariza (ed. Alcalá), Un Siglo de Cenizas (ed. Akrón), Los 7 Pecados de Eminescu (e-book y por entregas) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción (ed. Akrón, 2010). Fundador de la revista cultural Yareah (http://www.yareah.com ) y del periódico Las Libertades (http://www.laslibertades.es ). Colabora con diversos medios de comunicación.

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Habla el Quijote (por Martín Cid)

Nueva entrega del capítulo 1 de la novela Los 7 Pecados de Eminescu.

-Supe que mentían -dije al fin mientras miraba mi ahora rostro enfermo reflejado en el espejo-. Me veo cansado, con los ojos idos y al borde de la muerte, ¿qué gran pecado cometí para terminar así mis días?

            -¡Lo tengo! -interrumpió Cervantes algo impertinente, algo callado, algo cansado.

            -¿Qué me ha pasado, Friedrich? -pregunté.

            -Pronto lo descubrirás, amigo mío, pero antes debes conocer lo que has perdido y recuperar la razón. De lo contrario, te hundirás sin remedio. Mira tu rostro de nuevo, Eminescu, mírate. Veo a un hombre maduro de unos cuarenta años o incluso más. Antes fue un hombre inteligente, antaño fue admirado y, por supuesto, también envidiado. Temprano llegó su éxito y su caída, temprano su rostro se ajó por una enfermedad nerviosa.

            -¡Será mi venganza contra ese Lope de Vega al que tanto admiran y al que tan poco me parezco! ¡Ratas!

            Cervantes escribía sin parar en la cárcel de barro.

            -¿Qué pensarías si alguien le dejase salir ahora? Mira al hombre sin brazo, lo perdió en una batalla. Se maneja bien y escribe con soltura mientras se deja guiar por su iniquidad: el más famoso novelista de todos los tiempos, nacido en Alcalá de Henares, muy cerca de la capital española. Fue un hombre envidioso hasta la saciedad que se refugió en la locura de su personaje para crear un espejo de las obras que aún estarían por venir. ¿Qué opinas, Cervantes, de los que te han imitado, de los que te han considerado el más grande?

            -¿Y a quién le importa lo que opinen? Lope se pudrirá en su tumba, Lope me envidiará también mientras los gusanos devoran su rostro entero, mientras los gusanos, ya llegando a su oreja inerte, le susurren la gran verdad: “has sido vencido, mediocre, has sido derrotado por un manco”.

            Cervantes sonreía y se consumía un poco más en cada página. Sus facciones se tornaron blanquecinas a la luz de una tenue vela que iluminaba los papiros. Escribía con pluma de animal a la antigua, ¿quizá de avestruz?

            -Son fieles, Mihai, fieles a su amo y a su pareja, fieles al cielo y a sus estaciones, fieles también a la patria que los vio nacer. Mira a tu escritor, mira tu sueño, ¿no sientes lástima por el mejor? Llegará a enfermar, pero sólo el anhelo le sacaría de la cárcel, a ese mismo presidio al que regresaría cada vez, cada vez que alguien abre alguno de sus libros.

            -Cada noche, amigos míos -dijo el Quijote convertido ya en autor-, regreso y me pongo a escribir. Cada vez que en eso que llamáis mundo alguien lee a mi Ingenioso Hidalgo, cada vez yo lo vuelvo a escribir para él… cada vez que alguien ve en mis palabras el sentimiento y se siente un poco más loco, un poco más cabal, un poco menos cuerdo, cada vez mi triunfo es mayor, cada vez mi triunfo se hace más eterno. No me detendré jamás, aunque esta mi eternidad esté garantizada. ¿Creen que me he vuelto loco? No, amigos míos, el loco es don Quijote y es él ahora en quien me he convertido. Te he visto mientras te miras en el espejo, poeta, te he visto intranquilo porque no te reconoces… pronto comprenderás la gran verdad y pronto volverás a encontrar tus palabras. ¿Te harán feliz? ¿Te convertirán en un hombre libre? ¡Claro que no! Te volverán un esclavo de tu propia obra y con ahínco trabajarás hasta la enfermedad y ésta te acompañará hasta el fin de tus días y… si tus versos son profundos, si tus palabras son sinceras… ¡Lo lograrás! Habrás vencido y en tu cárcel de barro también tú permanecerás, también tú vivirás por siempre.

Continuará mañana.

Martín Cid

**Martín Cid es autor de las novelas Ariza (ed. Alcalá), Un Siglo de Cenizas (ed. Akrón), Los 7 Pecados de Eminescu (e-book y por entregas) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción (ed. Akrón, 2010). Fundador de la revista cultural Yareah (http://www.yareah.com ) y del periódico Las Libertades (http://www.laslibertades.es ). Colabora con diversos medios de comunicación.

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Jóvenes y Viejos Poetas, por Martín Cid

(continuación de la novela diaria por entregas de este blog).

Calló entonces Cervantes y poco a poco recordaba mis palabras mientras mi amigo Friedich sonreía o fruncía el ceño o hacía que dormía o hacía que se miraba en el espejo, despacio una vez más, vencido siempre, loco otra vez como don Quijote, más cuerdo de lo que jamás podría estar Sancho Panza. Había leído en mi infancia las líneas de Cervantes porque era un hombre de fama español, desprestigiado país de ladrones.

            -Mira ahora a tu propio fantasma, Mihai -dijo Friedrich-. ¿Te reconoces?

            -Me reconocí en sus líneas como me reconocí también en las tuyas, mi viejo amigo poeta. Recuerdo al buen Quijote cabalgando con el viejo Rocinante, cual Calígula con su bello Incitatus. También convirtió el viejo lector a su caballo en senador en estos sueños cansados, en estas mis vulgares razones.

            -Recordarás este sueño, Mihai, y será el primero de los siete fantasmas que te visiten. Cada mañana, despacio, estarás un poco más sano y un poco más loco y también un poco más cuerdo. ¿Recuerdas eso que llaman “literatura”?

            -Recuerdo a Aron Pumnul tendido en el suelo. Ya nada tenía que enseñarnos y, despacio, también un día decidió cerrar los ojos, decidió vencer el miedo y olvidar, siempre olvidar.

            -En todos estos mis siglos sólo he conseguido recordar un nombre: Lope -dijo el novelista. No fue mi plan construir la más universal de las novelas y le pregunté a Sancho: ¿de qué vale la fama si no es para disfrutarla? Mi Sancho dijo que tenía razón (porque para eso es mi personaje) y me puse manos a la obra. Imaginé a Lope tendido en su silla y a mí libre de estos grilletes que me asaltan. Le daría muerte, ya antes lo había hecho, ya antes lo había sentido. Escribiría un libro por el triunfo y por la venganza contra el hombre sin talento nacido, contra el despreciable ser que siempre me había vencido y contra el que siempre había sucumbido… no escribiría versos, no, sino una nueva forma por la que sería reconocido como don y autor, inventor y genio, ya muerto el teatro del mediocre y fruncido desastroso escritor español, vergüenza de su tierra.

            Se levantó don Quijote y tomó papel y pluma y comenzó sus famosas palabras:

“En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, , no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

            -¡Venceré! -dijo al fin-, desde mi cárcel de envidia construiré el monumento que jamás ningún cómico barato podrá derribar. ¿Me juzgas, rumano? Veo en tus ojos que crees mirar a un loco y veo en tus ojos que te consideras inocente. ¿No recuerdas, poeta? ¿Recuerdas a alguno de entre nosotros que no haya sentido la más sangrienta de las fruiciones?

            Inclinó la cabeza y en su mirada sentí la más profunda lástima del creador.

            -Es cierto, amigo mío. No lo conseguí porque algo me enseñó este mundo de quijotes y rinconetes.

            -Quizá todo parta de la envidia -dijo Holderlin, que había permanecido callado largo rato-, el primero de los pecados y el que nos lleva a los otros. Comenzamos mirando y envidiando aprendemos a través de la experiencia, quizá sea la envidia el primero y más inestimable de los pecados.

            -¿La sentiste? -pregunté.

            -Mírate, Eminescu.

            Y Friedrich sacó de su bolsillo un pequeño espejo de mano. Me vi extraño, como no me había contemplado antes. Durante mi estancia en el sanatorio recordaba haber pedido mermelada, miel y un espejo pequeño los lunes para poder observar mi rostro, ¿qué de malo había en ello? Las enfermeras siempre me lo negaban con un gesto rudo, muy alemán. “¿Por qué quiere mirarse, señor? Yo le diré cómo es usted: tiene el rostro de un joven poeta que no ha cambiado desde los veinte años, el rostro inteligente y una media mirada melancólica, otra media creadora. Poseen sus facciones todas la imagen de la poesía, señor”.

(Continuará mañana)

Martín Cid

**Martín Cid es autor de las novelas Ariza (ed. Alcalá), Un Siglo de Cenizas (ed. Akrón), Los 7 Pecados de Eminescu (e-book y por entregas) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción (ed. Akrón, 2010). Fundador de la revista cultural Yareah (http://www.yareah.com ) y del periódico Las Libertades (http://www.laslibertades.es ). Colabora con diversos medios de comunicación.

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